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martes, 14 de diciembre de 2010

LO QUE LA VIOLENCIA SE LLEVO

6.30 de la tarde y ya todo el plan estaba preparado para que un grupo de rebeldes izquierdistas volara en pedazos la central hidroeléctrica de Guayunga. La gente cercana escuchó la explosión, simultáneamente la ciudad quedó en completa oscuridad. El estruendoso ruido causó pánico. Los pobladores ante este hecho se apresuraron a regresar a sus domicilios en plena oscuridad. La luna permanecía oculta, como cómplice de este repudiable acto.

Minutos mas tarde, un grupo de senderistas emprendían desde el cerro Guayunga- sitio donde acababa de explotar la central hidroeléctrica- cuesta abajo con dirección al pueblo. Estos facinerosos encubiertos se habían armado hasta los dientes de pura munición. No le temían a nadie.

A las 7 de la noche el pueblo, junto con los pocos policías temblaba de miedo. El grupo de izquierdistas hacían de la suya mientras predominaba el silencio y la oscuridad. Causaban violencia, amenazaban y se retiraban airosos. Eran los dueños de la noche. Nadie, ni la policía nacional podía controlarlos.

Mientras avanzaban a paso tendido a la luz de sus linternas, a pocos metros, quizás 200, un grupo de jóvenes conversaban amenamente en la berma de la casa de una de las abuelas de jóvenes. Hablaban de una fiesta patronal, decían que de regreso a casa un camión de pasajeros se había desbarrancado. Los resultados de esta volcadura una veintena de heridos. Fue en ese momento que uno de los muchachos puso atención a los pronunciados pasos de estos feroces hombres.

Intentaron esconderse para curiosear quienes eran aquellas personas que se aproximaban tan misteriosamente con sus linternas apagadas. Pero ya era tarde. Todos los chicos, hasta un niño que intentaba cazar una luciérnaga para alumbrarse, fueron acorralados y amenazados de muerte si no cooperaban. Eran unos hombres de negro, con enormes botas y pasamontañas, apenas los ojos se dejaban ver.

El niño de nueve años se asustó e intentó ingresar a la casa para dar aviso a sus padres. Pero alguien ya estaba en la puerta apuntándole con un arma en la cabeza. En escasos minutos les tenían a todos desde el padre hasta el menor de la familia pegados en la pared, con las manos en la nuca.

Las manos del pequeño le temblaban como aquel que sufre el mal de parkinson, su dentadura rechinaba entre si, y sus lágrimas chorreaban a borbotones. Instantes después, todos yacían en el piso, boca abajo, Mientras tanto, estos hombres que había explotado la planta eléctrica minutos antes, llenaban provisiones de la pequeña bodega de la abuela.

Al escapar se llevaron al pequeño niño para que no den parte a la policía de lo ocurrido y todo quede impune. El niño preguntaba y repregunta a qué lugar le llevaban. Sólo atinaban a decirle que no mencione, por ningún motivo, en qué dirección escaparon, porque regresarían y le cortarían la lengua para que jamás hablase.

El niño los creyó y prometió no abrir la boca. Regresó a casa, le abrazaron sus padres y hermanos. Recién decidieron dar parte a las autoridades policiales. Éstos le preguntaron en qué dirección escaparon, el niño no decía nada. Mantenía firme su promesa. Pero más temía a que le cortasen la lengua.

Han pasado 15 años y sigue siendo el niño de nueve. Tiene el cuerpo de un adolescente y la mente de un niño. Su desarrollo emocional y mental se truncó en aquel atraco. Sufre un trauma que hasta la actualidad no lo ha superado. Estos feroces hombres armados también se habían robado una parte del niño.

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